“Yo maté a mi hijo” – Historia sobre el Alcoholismo.


Entre una tormenta de sollozos sin lágrimas y con voz pausada y triste, aquel amigo de la infancia a quien hacía tantos años que yo no veía, cruelmente envejecido y enfermo, dio principio a su narración, que más que esto, era una explosión de amargas recriminaciones y tristes recuerdos. Me dijo:

Mi infancia fue triste, muy triste y muy mala, como todo lo que viene del vicio y del pecado. Mi padre, un ebrio consuetudinario, no se preocupó nunca de mí, su único hijo. Descuidó mi educación por entregarse por entero al alcoholismo; y lo que es más doloroso todavía, se olvidó de mi alimentación, de mi vestido, hasta del más pequeñito juguete que tanto deseé en mis tediosas horas infantiles. No tenía zapatos; mis pantalones estaban siempre sucios y rotos y con frecuencia me sentía enfermo, muy enfermo y muy solo en aquella casa odiosa donde vivían el escándalo y la miseria.

Mi pobre madre era la imagen misma del dolor. Esclava y víctima de los vicios de su esposo, sucumbió dejándome aún en la adolescencia. Yo rodé por todos los caminos, saboreando el pan de todas las humillaciones y llevando en mi organismo la sed incontenible de mi maldita herencia alcohólica. Desarmado ante la vida y con muchos complejos dañinos, empecé a sentir aquella fobia, aquella fobia desesperante contra la sociedad. éso marcó en mí el principio de mí caída en el despeñadero más espantoso y homicida que mente alguna puede imaginar: El alcoholismo.

 ¡Yo no quería, no podía, estar solo! La soledad me producía un horror tan grande como el de la muerte. No tenía amigos ni podía tenerlos, como no tenía novia ni a nadie en el mundo. Siendo un pobre desdichado, enfermo y sin voluntad, me veía condenado a transitar por el mundo, solo y triste.

Empecé a beber; es decir, empecé a ser el ladrón, el criminal, el canalla más grande del mundo. Más me valiera no haber nacido que haber empezado a asomarme al abismo en donde nos apresan siempre los más asquerosos vampiros del dolor y todos los demás demonios de la degeneración y la ingratitud.

 Al principio mis parrandas no pasaban de cuatro a cinco copas cada domingo. Obsequiaba a los viciosos, a los que, necios como yo, concurrían a la cantina. Luego descubrí que mi peligrosa costumbre me proporcionaba amigos, libertad y la distracción que yo nunca había tenido; y era eso, precisamente, lo que yo necesitaba pero que trataba de obtener de una manera errónea.

Mis libaciones alcohólicas de una mañana o de unas cuantas horas de la noche, se volvieron más prolongadas y frecuentes; cada vez más frecuentes y desvergonzadas, hasta que llegó un día cuando, después de una parranda de toda una noche, me sentí a la mañana siguiente sediento y sin apetito, deprimido y acobardado por no sé qué extrañas amenazas imaginarias.

El temblor, el terrible y vergonzoso temblor de la “cruda” [curda o borrachera], hizo presa de mí, destrozando mi sistema nervioso y marcando el principio de mi alcoholismo agudo.

 ¡Caí! Voluntaria o involuntariamente; pero caí, ¡hondo, muy hondo! Caí irremediablemente en todos los charcos del deshonor y en todos los abismos del mal, como seguramente les ocurre a muchos alcohólicos; y lo que es peor aún, solo, desamparado, espantosamente solo.

Mis locos desenfrenos acabaron por alejar de mí a la sociedad entera, la estimación, la confianza y el respeto, tanto de los que decían ser mis amigos como de todas las autoridades que se ponían en guardia cuando yo pasaba cerca de ellas, como si fuera un perro rabioso.

 Una noche, tan lúgubre como aquella hora en que murió mi madre, comprendí que estaba fatalmente perdido. Quise rezar, pero aquello me era imposible. Traté de recordar algunos de los rezos que mi madre pronunciara cuando me tenía en su regazo, pero fue inútil. Dios y la idea de Dios me habían abandonado.

Estaba inconmensurablemente solo: sin fe en Dios, sin voluntad, sin cariño ni ilusiones. Todos huían de mí como de un leproso moribundo. No sé si tenía razón, pero aquello me era doloroso como el recuerdo de mi infancia.

Los vicios, el pecado y el error me colocaron en una circunstancia desesperada. No podía escoger nada ni aspirar a nada. Me veía obligado a aceptar siempre lo que el “destino” me imponía. Estaba desarmado y sin fuerzas. Era, pues, una verdadera piltrafa humana.

Encontrándome en esa situación, me casé. Aquella infeliz mujer no era para mí, no podía serlo, como no puede ser un rayo de luz para el abismo.

No sé por qué, ni quién, encomendó a aquel ángel la dolorosa misión de redimir con el sacrificio de su vida al demonio que yo era.

Fingí una pasión que no sentía. Me casé con ella sin quererla y sin estar siquiera enamorado. No podía estarlo. ¡Cómo podría un cerdo enamorarse de la aurora!

No comprendí a mi esposa, no comprendí a aquel ángel que Dios me dio en un gesto de infinita piedad hacia mí que no la merecía en absoluto.

Mientras mi esposa me brindaba bendiciones y ternuras, yo, miserable y despiadado, fabricaba hora tras hora y astilla por astilla el ataúd donde al fin sepultaría a aquella reina de la absolución y el amor.

Las primeras semanas de nuestro matrimonio, el entusiasmo de las nuevas emociones, algo así como un regreso de mi dignidad y de mi voluntad, me hicieron abstenerme de la bebida. Pero, del fondo de mil injusticias que yo inventaba, las temidas noches de angustia y soledad que otrora me hicieron tanto daño, al fin volvieron para mi mal. Volvieron con un cortejo de horas tediosas y aconsejadoras de mal, y con ellas volvieron mis infamantes borracheras.

Una noche de vicio y crueldad, yo regresaba a casa, como de costumbre, completamente borracho. Gritaba y reía al mismo tiempo. Profería palabras obscenas y terribles blasfemias, mientras me anegaba en mi propio vómito.

Hacía quince días que no regresaba a casa, y ahora lo hacía en aquella forma: loco, despiadado, ciego de alcohol y de pecado. No me daba cuenta que, durante mi ausencia, Dios me había concedido la trascendental y sublime responsabilidad de ser padre.

    —¡No hagas ruido, mi amor! —me decía mi esposa desde la cama donde reposaba con mi hijo—. ¿Que no ves que vas a despertar al niño?

    ¡Miserable de mí, que no atendí aquel ruego sacrosanto! Fui, por lo contrario, inmundo y brutal. De un bárbaro manotazo, tiré fuertementede las sábanas del lecho, gritando con la insolencia peculiar de todos los borrachos:

    —¡Arriba los haraganes! ¡A trabajar todo el mundo!

    Mi hijo cayó al suelo, llorando asustado. En mi borrachera, yo di dos o tres traspiés, mientras mi esposa exclamaba llena de espanto:

  —¡Dios mío! ¡Mi muchachito! ¡Me lo vas a matar!

    – ¡Deja esa almohada en el suelo!- ordené torpemente, mientras me paraba sobre aquel bulto, descargando todo el peso de mi cuerpo despreciable sobre el tierno cuerpecito de mi propio hijo.

    El niño exhaló un gemido sordo que se mezcló con un grito desgarrador de la madre convulsa.

    — ¡Mi hijo! ¡Mi hijo!… ¿Qué has hecho? ¡Me lo has matado!… ¡Has deshecho bajo tus plantas mi propio corazón!

    Ignorando de lo que había ocurrido, me arrojé pesadamente sobre el lecho vacío. Diez minutos después dormía yo el pesado sueño de la embriaguez. En tanto, en medio de la noche, de la más espantosa noche de mi vida, la boca enorme de la tragedia continuaba gritando:

    — ¡Mi hijo! ¡Mi hijo!

A la mañana siguiente empecé a comprender. La presencia de los cadáveres de mi esposa y de mi hijo me hizo volver la razón…

Un año más tarde, después de un largo proceso, me encontraba en una asquerosa celda de la penitenciaría, sentenciado a diez años de cárcel.

Envejecí rápidamente en el presidio; pero al fin obtuve mi libertad tras dura condena, para luego caer en la perenne cárcel de mi propia conciencia que no cesa de repetir:

    — ¡Mi hijo! ¡Mi hijo!

Mi alma y mi corazón están tristes hasta la muerte; pero aún así, los dulces labios de mi fe acrecentada en el martirio, no dejan de mostrarme la evidencia de Dios que me exclama al oído:

—Bienaventurados los que se arrepienten y se enmiendan porque ellos serán consolados y bendecidos.

Publicado el 7 julio, 2012 en Editorial y etiquetado en , , , , , , , , . Guarda el enlace permanente. Deja un comentario.

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